
Mientras el mundo ajusta posiciones, Estados Unidos pone en marcha hoy una nueva batería de aranceles que golpea a 60 países, y Argentina está en esa lista. No es un rumor ni una amenaza: es una medida concreta que entra en vigencia este viernes.
La medida generó reacciones inmediatas en varios rincones del planeta. Australia, Nueva Zelanda y Japón ya levantaron la voz y presentaron protestas formales ante Washington. Son economías con peso propio y no se quedaron calladas. La pregunta que flota en el aire es evidente: ¿qué hace Argentina mientras tanto?
Por ahora, nada. El gobierno del presidente Javier Milei, que ha construido buena parte de su imagen internacional sobre la base de una relación fluida con Estados Unidos, todavía no emitió ninguna declaración oficial sobre estos aranceles. El silencio, en este contexto, no es un detalle menor.
La política arancelaria de Washington viene siendo una de las variables más disruptivas del comercio internacional en los últimos tiempos. Cada nueva ronda de medidas proteccionistas sacude cadenas de exportación, encarece productos y obliga a los países afectados a recalcular sus estrategias. Para una economía como la argentina, que necesita divisas y mercados externos, quedar incluida en este paquete no es una noticia para archivar sin leer.
El contraste con la actitud de otras naciones es llamativo. Mientras Japón y Australia salen a defender sus intereses comerciales con declaraciones concretas, el silencio oficial argentino deja abierta la pregunta sobre cuál es la estrategia de negociación, si es que la hay. La afinidad política con la administración norteamericana no necesariamente equivale a inmunidad arancelaria, como queda demostrado hoy.
En las próximas horas se sabrá si el gobierno decide salir a dar alguna señal pública o si prefiere manejar el tema por canales diplomáticos discretos. Lo que ya está claro es que los nuevos aranceles son una realidad desde hoy, y Argentina los enfrenta sin haber dicho una sola palabra al respecto.















